Son quizás las 6.30 de la mañana. Me subo al autobús que me llevará a la escuela. Como cada mañana cuando ya estoy acomodado en mi lugar del transporte, me pongo mis audífonos, enciendo mi iPod y oprimo el botón de play. Pero esta ocasión hay algo diferente: un disco nuevo que escuchar.
Ese día decido romper la rutina de escuchar mis canciones favoritas para darme la oportunidad de oír algo distinto, un álbum que recién descargué y que nunca he oído.
El Jonatan que subió ese día al autobús no sería nunca más el mismo al bajar.
El Jonatan que subió ese día al autobús no sería nunca más el mismo al bajar.
Por esas fechas había descubierto unas listas en internet sobre los mejores discos del rock en español que se habían realizado hasta el momento. Como buen fan, quería saber, según la crítica, qué banda ocupaba el primer lugar. Para mi sorpresa, Caifanes apenas aparecía en los primeros 15 puestos. Café Tacvba, Soda Stereo y Manu Chao se disputaban los primeros lugares, seguidos de muchas otras bandas conocidas.
Muchos de esos discos ya los había escuchado, de otros sólo conocía algunas canciones e incluso había otros que nunca había visto pero si conocía a esas bandas que los habían grabados.
Sin embargo había un grupo en particular que llamó mi atención por varios aspectos: primero, porque no conocía a la banda ni a su disco homónimo; segundo, eran argentinos y éste era su álbum debut; y tercero, y aún más increíble, el álbum se había grabado en los 70's y estaba dentro del top ten.
¿Pero ellos quienes eran?
Rápido me decidí a buscar toda la información posible. Era impactante encontrar que está banda, de una corta duración, había desaparecido hace mucho tiempo pero tenía un gran grupo de fans que sin dudarlo la ubicaban como una de las mejores del rock nacional argentino.
Eso encendió aún más mi curiosidad. Abrí el navegador y Wikipedia fue el primer lugar al que recurrí para recabar algo de información. Efectivamente, la banda ya no existía, pero había dejado un legado tan grande que aún seguía siendo un referente obligado para los músicos del cono sur. En algún punto entre Argentina, Uruguay, Chile y Brasil se había perdido la referencia, porque en México nunca había escuchado nada sobre ellos.
La banda era recordada con mucho cariño, y aunque se le echaba de menos, aún se podía disfrutar de letras y música como aquella debido a que su vocalista había logrado una excelsa carrera en otras agrupaciones y por último de manera solista, lo que lo consagró al Olimpo de la música argentina.
Un joven bonaerense, amante de la música, poesía y el arte, decide armar una banda con sus amigos. Sus principales influencias iban desde Van Gogh hasta Freud, pasando por Dalí, los Beatles, Nietzsche y Foucalt, entre otros; sin olvidar sus raíces latinas.
Si eso no era suficiente para quedar maravillado, bastaba con saber que era una de las principales influencias de bandas como Soda Stereo, Heroes del Silencio, o cantantes como Fito Páez o Andrés Calamaro.
¿A qué suena? Esa fue la primera pregunta. Por alguna razón no intenté escucharlo en ese momento, en cambio, me di a la tarea de buscar el disco en internet y descargarlo. Cuando eso estuvo listo lo agregué a mi iPod y apagué la computadora. La madrugada ya estaba muy metida y decidí acostarme. Antes de quedar dormido no pude quitarme de la mente la imagen de la tapa, un hombre con una lagrima resbalando por su nariz, con una playera rosa. Lo más extraño fue su rostro, un rostro triste, que para su mala suerte tenia una flecha de juguete pegada a su gorro, de lineas rosas y blancas. Algo me produjo, pero no supe qué.
Y ahí estaba yo, con los auriculares en los oídos, medio dormido un día común a las 6.30 am. El cielo era gris, eso lo recuerdo, además el clima se prestaba para ensimismarse. El recorrido en el autobús fue extenso, lo suficiente para escuchar gran parte de aquel disco. Al bajarme seguí escuchándolo. La ventaja es que el maestro no había llegado aún. Así que busque un lugar apartado de las personas y me decidí terminarlo. Lo hice.
Sonará exagerado, para mi no. Pero esa mañana no pude pensar en otra cosa. Hoy, con el paso de los años y el disfrute constante de ese álbum, podría hacer una crítica o una descripción muy detallada de toda la belleza que se puede extraer de aquel inagotable sendero.
Pero no lo haré, por una razón fundamental. Lo que Almendra y Luis Alberto Spinetta hicieron ese día fue darme un giro, una sacudida.
El mundo no es el lugar que siempre quisiéramos, a veces se torna demasiado difícil y constantemente inaccesible, pero nos da la posibilidad de saber que hay lugar para nosotros. En ocasiones lo encontraremos en lo desconocido o lo impensable, habrá casos en que será mejor ir construyéndolo poco a poco, ya sea solos o, en el mejor de los casos, acompañado de una o varias personas que sean eso: compañeros. Pero hay excepciones, rarezas, cuando tendremos que raspar en las heridas y cicatrices propias, producidas por el tiempo, los otros o uno mismo. Todo bajo la condición de seguir buscando lo que no conocemos a ciencia cierta, pero con la confianza del viajero ingenuo y decidido.
Si uno se acostumbra a encerrarse en sí mismo pero olvida sentir y palpar ese dejo de abandono, queda expuesto a un embestida propia por algo que nunca dominó. Y después de eso no es tan raro que los signos de las lagrimas se cuelen inoportunas en el rostro de alguien que, aparentemente, sólo está escuchando música.
¿A qué suena? Esa fue la primera pregunta. Por alguna razón no intenté escucharlo en ese momento, en cambio, me di a la tarea de buscar el disco en internet y descargarlo. Cuando eso estuvo listo lo agregué a mi iPod y apagué la computadora. La madrugada ya estaba muy metida y decidí acostarme. Antes de quedar dormido no pude quitarme de la mente la imagen de la tapa, un hombre con una lagrima resbalando por su nariz, con una playera rosa. Lo más extraño fue su rostro, un rostro triste, que para su mala suerte tenia una flecha de juguete pegada a su gorro, de lineas rosas y blancas. Algo me produjo, pero no supe qué.
Y ahí estaba yo, con los auriculares en los oídos, medio dormido un día común a las 6.30 am. El cielo era gris, eso lo recuerdo, además el clima se prestaba para ensimismarse. El recorrido en el autobús fue extenso, lo suficiente para escuchar gran parte de aquel disco. Al bajarme seguí escuchándolo. La ventaja es que el maestro no había llegado aún. Así que busque un lugar apartado de las personas y me decidí terminarlo. Lo hice.
Sonará exagerado, para mi no. Pero esa mañana no pude pensar en otra cosa. Hoy, con el paso de los años y el disfrute constante de ese álbum, podría hacer una crítica o una descripción muy detallada de toda la belleza que se puede extraer de aquel inagotable sendero.
Pero no lo haré, por una razón fundamental. Lo que Almendra y Luis Alberto Spinetta hicieron ese día fue darme un giro, una sacudida.
El mundo no es el lugar que siempre quisiéramos, a veces se torna demasiado difícil y constantemente inaccesible, pero nos da la posibilidad de saber que hay lugar para nosotros. En ocasiones lo encontraremos en lo desconocido o lo impensable, habrá casos en que será mejor ir construyéndolo poco a poco, ya sea solos o, en el mejor de los casos, acompañado de una o varias personas que sean eso: compañeros. Pero hay excepciones, rarezas, cuando tendremos que raspar en las heridas y cicatrices propias, producidas por el tiempo, los otros o uno mismo. Todo bajo la condición de seguir buscando lo que no conocemos a ciencia cierta, pero con la confianza del viajero ingenuo y decidido.
Si uno se acostumbra a encerrarse en sí mismo pero olvida sentir y palpar ese dejo de abandono, queda expuesto a un embestida propia por algo que nunca dominó. Y después de eso no es tan raro que los signos de las lagrimas se cuelen inoportunas en el rostro de alguien que, aparentemente, sólo está escuchando música.

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