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| Centro Cultural Universitario, 2008 |
Este recuerdo tiene una característica poco habitual, comparado con los muchos otros que escribiré. De él conservo el día y la fecha exacta en que sucedió: viernes 22 de febrero del 2008. La hora no la tengo tan clara, pero ocurrió en la tarde, entre las 5 y las 9 pm.
Creo que muchos de nosotros pasamos los días de manera indiferente, y a menos que haya un evento muy particular que esperemos con antelación o que nos sacuda con tal intensidad como para impregnarse en las paredes de la memoria, solemos prestar poca atención a las fechas en que hacemos cosas no tan trascendentes. No voy a negarlo, a mi también me sucede algo parecido.
Sin embargo ¿cómo es que conservo este recuerdo de esa manera? Bueno, tendríamos que retroceder una semana de la fecha en que sucedió este evento para poder explicarlo.
Estaba yo en el segundo semestre de la universidad. No tenía mucho que acababan de iniciar las clases y aún estaba adaptándome a las nuevas materias, con sus respectivos nuevos maestros.
El primer semestre había sido sencillo y bastante aburrido. Las materias del plan de estudios no tenían nada que ver con la carrera a la que estaba inscrito, así que había que pasarlas a modo de trámite. No fue lo más fácil, pero era necesario, por lo que no me quedó de otra.
Y ahí estaba yo, de nueva cuenta tomando clases. Algunas materias eran el nivel 2 de su antecesoras, lo que las volvía fastidiosas, otras solo eran una pérdida de tiempo y habían unas nuevas que, al enfocarse a las ciencias sociales, resultaron muy interesantes. El horario no estaba mal y permitía que saliéramos de clases temprano, de manera que podía disponer de gran parte del día para mis ratos libres y de ocio.
Hasta que nos enteramos que habían abierto una materia nueva, que no se incluía dentro del programa educativo y que sus calificaciones no aparecerían en el sistema. Al igual que muchos, la posibilidad de faltar a dichas clases fue una opción.
Sin embargo, el líder académico de la licenciatura era el maestro de dicha materia y que, aunque él no obligaría a nadie a asistir , aconsejaba tomar la clase como forma de introducirse de lleno a la carrera, además de así mostrar un interese real por la formación académica.
Por el poco interés que hasta ese momento representaba la universidad para mi, desconocía en gran parte todo lo que giraba en torno a ella, sus carreras e inclusive mi licenciatura.
Por el poco interés que hasta ese momento representaba la universidad para mi, desconocía en gran parte todo lo que giraba en torno a ella, sus carreras e inclusive mi licenciatura.
Era un 15 de febrero, viernes, cuando al final de dicha clase, el maestro nos pidió que no fuéramos malos compañeros con algunos alumnos de nuestra carrera que estaban organizando un cine club y que asistiéramos a las proyecciones, que él estaba al frente del proyecto y era quien dirigía las discusiones.
¿A un qué? ¿Qué era eso del cine club? ¿En que consistía? ¿Por qué teníamos que asistir? Las preguntas no tardaron en llegar, desde las más absurdas queriendo saber si tenían algún valor curricular, hasta las que querían saber que era lo que se hacía en el dichoso Club de Cine.
¿A un qué? ¿Qué era eso del cine club? ¿En que consistía? ¿Por qué teníamos que asistir? Las preguntas no tardaron en llegar, desde las más absurdas queriendo saber si tenían algún valor curricular, hasta las que querían saber que era lo que se hacía en el dichoso Club de Cine.
No, no tenía valor curricular, las funciones se realizaban los viernes a las 5:30 en el CCU, se proyectaban películas de cine de arte y de autor, al final de cada sesión se abría el debate y se abordaban los diferentes puntos desde los cuales se podía discutir la película.
¡Que espacio tan genial! La idea me fascinó. ¿Cómo es que no sabía de ese lugar? Estaba muy emocionado, quería llegar a mi casa lo más pronto, comer, alistarme y llegar al lugar a ganar un asiento para disfrutar de la película. Ese día proyectaban "La sociedad de los poetas muertos".
Sólo que había un inconveniente: era mi cumpleaños y ya había organizado toda una fiesta. Tenía motivos importantes para no cancelarla. Ni modo, sería hasta la otra semana. Me quedé un poco triste, pero me propuse que a partir del siguiente viernes empezaría a asistir sin falta. Y así fue como con muchas ansías anhelaba el siguiente fin de semana, como quien espera lo inimaginable.
El día llegó, asistí puntual a la cita, acompañado de algunos compañeros de la escuela. Las luces se apagaron, el proyector empezó a tirar las imágenes y yo me acomodé dispuesto a sorprenderme. La historia era la de una mujer que ante la noticia de saberse con poco tiempo de vida decidía darle un giro a ésta, realizar cosas que no había hecho y, sin decirle nada a su familia, les preparaba el mundo futuro ya sin ella como madre, mujer y esposa. La película: Mi vida sin mi de Isabel Coixet
¡Qué historia, qué película! Nada de falsas pretensiones. Sencilla pero contundente, dejando al espectador con muchas interrogantes.
Los comentarios, al final de la proyección me permitieron dos cosas: entender y escuchar las distintas interpretaciones de los asistentes, y conocer a los demás alumnos de la carrera que se dieron cita aquella noche reveladora.
Mientras el cine-foro estuvo trabajando no falté a ninguna proyección, a NINGUNA. Aún conservo una hoja de papel donde tengo anotada la lista de películas, con fechas incluidas, que vi en aquel pequeño club de cine. Aunque lloviera, se inundara la ciudad, tuviese mucha tarea o algún compromiso importante, no hubo poder humano que me impidiera asistir.
Siempre era de los primeros en llegar y de los últimos en irme. La semana giraba en torno a eso. Estaba fascinado y enloquecido por el cine foro y las películas. Siempre estaba en primera fila, respetando ceremoniosamente cada uno de los aspectos que lo conformaban. El cine estaba ahí para mostrarme cada fin de semana algo nuevo y maravilloso, y yo me dejaba guiar sin cuestionamientos hasta el final apropiándome de un pedacito de él con la seguridad de que siempre hallaría algo novedoso.
Eso despertó en mi un amor descomunal hacia el cine. Empecé a consumir películas por montones, inicié mi colección de cine de arte y me inicié en la investigación cinéfila: directores, géneros, actores, actrices, movimientos, países, etc. El cine se convirtió en mi segunda casa, la cuál me recibió de la mejor manera y ya nunca me dejaría ir.
Nunca será suficiente para retribuir al cine todo lo que ha hecho por mi, por eso siempre intento llevar su mensaje a todos los rincones donde puedo, para que todo aquel que preste un poquito de atención se abra sin medidas a este maravilloso mundo y encuentre ahí algún destello que lo llame de vuelta al mundo, abra mejor lo ojos y descubra que existen innumerables formas de contemplar la vida.
El día llegó, asistí puntual a la cita, acompañado de algunos compañeros de la escuela. Las luces se apagaron, el proyector empezó a tirar las imágenes y yo me acomodé dispuesto a sorprenderme. La historia era la de una mujer que ante la noticia de saberse con poco tiempo de vida decidía darle un giro a ésta, realizar cosas que no había hecho y, sin decirle nada a su familia, les preparaba el mundo futuro ya sin ella como madre, mujer y esposa. La película: Mi vida sin mi de Isabel Coixet
¡Qué historia, qué película! Nada de falsas pretensiones. Sencilla pero contundente, dejando al espectador con muchas interrogantes.
Los comentarios, al final de la proyección me permitieron dos cosas: entender y escuchar las distintas interpretaciones de los asistentes, y conocer a los demás alumnos de la carrera que se dieron cita aquella noche reveladora.
Mientras el cine-foro estuvo trabajando no falté a ninguna proyección, a NINGUNA. Aún conservo una hoja de papel donde tengo anotada la lista de películas, con fechas incluidas, que vi en aquel pequeño club de cine. Aunque lloviera, se inundara la ciudad, tuviese mucha tarea o algún compromiso importante, no hubo poder humano que me impidiera asistir.
Siempre era de los primeros en llegar y de los últimos en irme. La semana giraba en torno a eso. Estaba fascinado y enloquecido por el cine foro y las películas. Siempre estaba en primera fila, respetando ceremoniosamente cada uno de los aspectos que lo conformaban. El cine estaba ahí para mostrarme cada fin de semana algo nuevo y maravilloso, y yo me dejaba guiar sin cuestionamientos hasta el final apropiándome de un pedacito de él con la seguridad de que siempre hallaría algo novedoso.
Eso despertó en mi un amor descomunal hacia el cine. Empecé a consumir películas por montones, inicié mi colección de cine de arte y me inicié en la investigación cinéfila: directores, géneros, actores, actrices, movimientos, países, etc. El cine se convirtió en mi segunda casa, la cuál me recibió de la mejor manera y ya nunca me dejaría ir.
Nunca será suficiente para retribuir al cine todo lo que ha hecho por mi, por eso siempre intento llevar su mensaje a todos los rincones donde puedo, para que todo aquel que preste un poquito de atención se abra sin medidas a este maravilloso mundo y encuentre ahí algún destello que lo llame de vuelta al mundo, abra mejor lo ojos y descubra que existen innumerables formas de contemplar la vida.

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