Si alguien me hubiese dicho que algún día llegaría a trabajar en una escuela frente a un grupo de jóvenes quizás no lo hubiese creído, a pesar de que era uno de esos tantos diferentes trabajos que alguna vez me interesó desempeñar. No sé, siempre imaginé que de una u otra manera sería divertido. Afortunadamente no me equivoqué.
Lo siguiente viene a cuento debido a una situación actual. Ahora estoy llevando a cabo un proyecto para fomentar la lectura y el gusto por los libros con alumnos de nivel secundaria, y todo por amor al arte, como se suele decir.
Lo siguiente viene a cuento debido a una situación actual. Ahora estoy llevando a cabo un proyecto para fomentar la lectura y el gusto por los libros con alumnos de nivel secundaria, y todo por amor al arte, como se suele decir.
No basta con decirles a los jovencitos lo bonito que es leer, la gran diversión que ahí encontrarán o mostrarles que la lectura posibilita cambios en nuestra percepción del mundo y la forma en la que lo habitamos. Ellos se encuentran en la actualidad expuestos a una cantidad muy grande de estimulaciones sensoriales. Para distraerse solo les basta llevarse las manos al bolsillo y acceder a su smarthphones, además de que a su edad es muy fácil desconfiar de cualquier adulto, sin importar demasiado la edad de éste.
La pequeña teoría que he venido construyendo en estos últimos tiempos en relación a la forma de llegar a los jóvenes, y no solo en el tema de la lectura sino en general, ronda en un aspecto dicotómico, porque a simple vista parece sencilla, pero de difícil acceso para todos.
Resulta que los alumnos, como todo ser humano en alguna etapa de la vida, se encuentran perdidos, desubicados, solos o simplemente desencantados. No generalizo, pero ante la caída de las construcciones infantiles y la metamorfosis de la pubertad es común encontrarlos desorientados.
"Deprimir a un adolescente es como hacer un huevo motuleño" dice Bart Simpson, y en cierta medida tiene razón. Muchos de esos jóvenes arrastran desde la niñez cierta falta de curiosidad, pero no de cualquier tipo. Me refiero a que las preguntas y pensamientos que se abren para ellos sobre su existencia y lo desconocido, al no encontrar respuestas, se van cerrando para dar paso a planteamientos mas simples que no apuntan a cuestiones personales. En pocas palabras, se les complica reconocer los afectos propios que se juegan en la forma de aprehender el mundo.
Rebatir esta situación es complicada si se desconocen algunos aspectos sencillos como lo recién mencionados, o peor aún, si uno mismo ha enterrado sus propias preguntas infantiles para darle paso a los requerimientos de la vida diaria adulta. Hay incluso adultos en los que este miedo a la infancia se traduce en un odio y resentimiento ante la inquietud de los curiosos, a los que buscan "educar" de manera constante según sus propios criterios.
Los jóvenes necesitan ser escuchados. La clave es que esa escucha debe venir desde el lugar natural que ocupemos. Uno puede seguir siendo adulto y aún así comprender a los jóvenes, ya que para eso no es necesario infantilizarse y hacerse pasar por uno de ellos. Lo muchachos no son nada tontos y saben identificar muy bien a los impostores.
No, más bien se trata de intentar entender la forma en que ellos han construido su entorno, a su familia, amigos, escuela y sobre todo, sus gustos. Que no les guste lo mismo que a uno, o que no les interese lo que nosotros esperaríamos que les interesara, no quiere decir que carezcan de imaginación o fantasía. Si aun podemos recordar nuestra infancia y juventud esta idea no es erronea.
Es muy sencillo acercarse y platicar con alguien que siempre está dentro de la norma; y para algunos es aún más fácil ignorar y tachar de raros a aquellos que sus gustos los han llevado a buscar más allá de lo convencional. ¡Qué equivocación! Esos pequeños raros se encuentran más abiertos a descubrir algo nuevo todo el tiempo que la mayoría de las personas.
Claro que debido a situaciones particulares algunos suelen aislarse o se muestran repulsivos hacia los grandes, pero en lugar de que eso se convierta en una excusa perfecta para decir "ya ven, son ellos los que no quieren acercarse", habrá que dar un paso hacia delante y llamarlos por lo que son. Es evidente que mientras más directo sea el trato hay más posibilidades de conectar con ellos, pero eso no determina nada.
El truco que hasta la fecha he descubierto ha sido el de apelar a mi lado infantil, ese que se dejaba sorprender todo el tiempo y que quería saber más de las cosas del mundo.
No ha sido fácil, sobre todo porque me topo seguido con muchachos que ya quieren ser grandes y no quieren nada que sea de o para niños. Pero eso no nos limita, al final los demás alumnos sirven como un vehículo para que todos se integren y se sientan en confianza. Todo bajo un marco de reglas sencillas que permitan la convivencia, la diversión y el respeto hacia los demás.
Sí ha sido divertido ver como algunos no tienen problema para dejarse atrapar por este juego, que inventamos una vez a la semana, llamado Lectura. Se ríen, se prestan para las bromas, se sorprenden al encontrar palabrotas o referencias a ciertas partes del cuerpo que a su edad ya son tabú, se conmueven por las historias, se quedan pensativos ante frases de ciertos autores que tienen un lenguaje complejo o intentan explicar y entender las ilustraciones de los libros.
Ha sido muy bonito escuchar frases como: "Yo nunca había agarrado un libro que no fuese de la escuela", "No sabía que había libros así", "¿Ya acabó la hora?", "Yo pensé que la lectura tenía que ser aburrida" o "¿No me puedo llevar el libro a mi casa?".
El pretexto es “la lectura”, pero además de acercarlos al mundo de los libros también me permito acercarme y acercar mi parte infantil con los chicos. Cuando digo que la lectura es un pretexto me refiero a que resulta una vía excelente para que los muchachos puedan dar rienda suelta a sus dudas y pregunten lo que quieran, ya sea sobre lo que estemos trabajando en esa sesión o porque algo se les cruzó por la mente en ese preciso instante.
Si en esos valiosos momentos está presente un adulto que responde, posibilita más dudas y comparte las reflexiones con el grupo es muy probable que esa ventana se abra con más facilidad en próximas ocasiones. Por eso no solo se necesita alguien que sepa unas cuantas cosas sobre escritores, libros y literatura, sino que también sepa sobre los jóvenes y sus intereses.
Para mi la vía han sido los libros, pero estoy seguro que existen muchísimas otras que permiten esos instantes de apertura y acercamiento con los jóvenes; siempre y cuando el adulto les hable desde un lugar amoroso, que no sólo conozca sino que también le guste, para que de esa manera el trato fluya entre ambas partes.
Las cosas del mundo que nos gustan están muy ligadas a vivencias de nuestra infancia, y si las dejamos salir y las compartimos, aquellas construcciones infantiles salen, respiran, juegan y conviven con otros niños, con la ventaja de contar con experiencia para guiarlos en el camino de su propio mundo.

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