domingo, 28 de junio de 2015

Cómo se salvó Wang Fô







- Comment Wang-Fô fut sauvé
- Marguerite Yourcenar
- 1936
- Cuento




“Estas gentes no están hechas para perderse en el interior de una pintura”



De las muchas posibilidades que nos brinda la literatura una de mis favoritas es el poder que tiene para que seamos capaces de transformar un cúmulo de palabras, algunas más ordenadas que otras, en imágenes mentales. 

Es un hecho que este proceso no se realiza por sí solo, ya que necesitamos que quien escriba sea capaz de usar las palabras adecuadas que nos guíen para adentrarnos en nosotros mismos y descubrir toda una gama de figuras y colores que poseemos. 

En algunos casos el escritor va más allá de nuestras ideas preconcebidas, forzándonos a inventar en el proceso de lectura imágenes que hasta ese momento no existían para nosotros.

Este es el caso de “Cómo se salvó Wang Fô”, un hermoso ejemplo de ese poder que adquieren las palabras al ser tratadas con la pluma cual si fueran las pinturas del gran maestro oriental Wang Fô.

Marguerite Yourcenar nos relata esta bella historia sobre el viejo pintor, capaz no solo de retratar maravillosos paisajes, dulces noches o montañas llenas de nieve y atrapar sus colores dentro de sus rollos de papel de arroz, sino que también los dota de una cierta magia, haciendo creer a quien los mire que sus bocetos cobran vida frente a sus ojos.

El anciano pintor Wang Fô es un hombre sencillo, encantado por todo aquello que sus ojos se precian miran. No desea el dinero, pero sí los pinceles, rollos de seda y tarros de laca. Este amor por la vida sin poseer más que lo necesario y su mirada que vas más allá de lo evidente fue lo que maravilló a su joven aprendiz Ling, quien sin dudarlo fue capaz de abandonarlo todo para seguir a su maestro por cada rincón del reino de Han. 

Ling dejó esclavos, riquezas y una esposa. Todo cuanto fuera un obstáculo para seguir a su maestro. Durmiendo donde pudieran, cambiando los dibujos por comida o materiales, y si era necesario, Ling robaba para poder continuar con su viaje.

La magia del gran maestro Fô dejaba encantado a todos, pues la vitalidad de sus trabajos se extendía por todo el reino. Sin embargo, había una persona que no disfrutaba de tan sorprendentes trazos: el Emperador. 

Joven hombre envejecido que, al tener reservado tan poderoso lugar en el mundo, recorre caminos distintos al mundano para descubrir que la realidad no es aquella que se encuentra en los lienzos colocados dentro de la habitación donde pasó encerrado toda su vida, alejado del candor humano. Dichos lienzos eran obra del gran maestro Fô. El Hijo del Cielo queda decepcionado, al creerse engañado por el viejo pintor que le muestra una verdad inexistente: cielos diáfanos, mares de azul profundo y caminos sin barro ni piedras. Condenando así a Wang Fô a un castigo mortal del que tendrá que salvarse.

Marguerite Yourcenar, con este cuento, se transforma en una suerte de Wang Fô. Pues lo que este realiza con pinturas, ella lo hace con letras, para mostrarnos no solo el poder de la imaginación y el arte, sino también las posibilidades que se nos abren al permitirnos aprehender y re-descubrir la realidad.

Así no solo disfrutamos de una de las historias más hermosas de sus “Cuentos Orientales”, sino asistimos a la exploración de nuestras posibilidades en nuestros mundos, ya sean internos o externos.

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