Que curiosas son las formas en que nos topamos con algo que quizás en el futuro vayamos a re-encontrar.
La etapa de la preparatoria fue muy importante para mi, porque aunque no la disfruté como lo hice con la universidad, significó muchos cambios y decisiones que marcarían mi rumbo actual.
La verdad es que me era difícil mantener el ritmo. Aun ahora desconozco las razones por las que padecí ese nivel educativo. Al principio ingresé con muchos ánimos, que fueron desapareciendo al poco tiempo.
Y no, no se debe a que fueran complicados los estudios para mi. Nunca fui mal estudiante, incluso varias veces en mi vida escolar llegué a obtener reconocimientos por mi desempeño.
Pero éste no era uno de esos momentos. Apenas y pasaba las materias con las calificaciones mínimas y casi nunca me encontraba en los salones. Más de una ocasión reprobé las materias, pero solo era cuestión de esforzarme un poco para pasarlas y continuar en el siguiente semestre.
A veces estaba en las canchas jugando fútbol, pero a diferencia de mí, los demás amigos y compañeros de juego se mantenían en la escuela. Era raro encontrar gente fuera en horario de clases, así que no tenía mucho sentido deambular solo, porque no había nadie con quien jugar hasta la hora del receso. Otros pocos que se salían preferían irse a otro lugar y no regresaban en todo el día.
Cuando me di cuenta de este inconveniente solía quedarme vagando por los pasillos de la escuela esperando que terminaran las clases que me aburrían para entrar a las que podía prestarles algo de atención. Pronto esto también resulto complicado, ya que había prefectos rondando por todos lados y en varias ocasiones me hacían entrar de nueva cuenta a mi salón.
Pero un día hallé una manera de evitar tantas molestias.
La biblioteca siempre estaba ocupada y llena de los alumnos de los diferentes semestres y grupos, por lo que me resultaba fácil camuflajearme entre tantos jóvenes de playeras blancas y pantalones azules. Al principio me pareció una buena idea, e incluso me propuse aprovechar el tiempo y adelantar algunas tareas, pero pronto se diluyó. Simplemente me pareció mala y aburrida.
Al ser una biblioteca escolar no había mucha tela de donde cortar, así que me paseaba por los pasillos buscando algo con que entretenerme. No sabía mucho de libros, así que elegía de manera aleatoria algún título y lo revisaba, pero nada conseguía atraparme.
Revisé, desde libros de ciencia hasta una colección sobre astrología que encontré escondida en una estantería, pasando por algunos libros de mitología. Ya aburrido decidí hojear algunos, aparentemente, normales. Esos fueron los mejores que pude haber hallado.
Eran de distribución educativa, pero contenían una gran cantidad de cuentos cortos, poemas, fragmentos de novelas y leyendas. La selección era genial, además, estaba organizada por género, lo que me facilitó el punto de inicio.
Aún recuerdo algunos títulos y autores que más tarde conocería.
Aún recuerdo algunos títulos y autores que más tarde conocería.
Y fue así, de esta manera, como di con dos cuentos que se volverían indispensables para mi. El primero era de Augusto Monterroso, El perro que deseaba ser humano. Pero fue el segundo, uno escrito a manera de respuesta y homenaje, el que me sacudió. Fue una ráfaga suave, ligera, pero potente.
Al final de ambas historias había una pequeña descripción de los dos escritores. Lo primero que me llamó la atención del segundo autor fue su apellido, ya que me parecía de origen Italiano. Lo segundo fue saber que alguien se había tomado la molestia de jugar con la historia y crear una inversa que planteara una situación parecida.
Al final de ambas historias había una pequeña descripción de los dos escritores. Lo primero que me llamó la atención del segundo autor fue su apellido, ya que me parecía de origen Italiano. Lo segundo fue saber que alguien se había tomado la molestia de jugar con la historia y crear una inversa que planteara una situación parecida.
Un día, muchos años después, escuché un poema que me fascinó. Quise saber quien lo había escrito. ¡Me había encantado!. Me di a la tarea de buscarlo y no fue nada difícil, gracias a internet.
Y ahí estaba, el mismo apellido "italiano". Resultó que no era italiano, ni siquiera europeo, sino Uruguayo. Y su nombre: Mario Benedetti.
Y ahí estaba, el mismo apellido "italiano". Resultó que no era italiano, ni siquiera europeo, sino Uruguayo. Y su nombre: Mario Benedetti.
Es curiosa y muy bonita esta anécdota para mi. Porque esa vez fue la primera en que sin saberlo había leído a uno de los poetas que más me gustan en la actualidad y que me hizo querer escribir como él.
Quizás mucho piensen que su poesía es anticuada y cursi. Otros se atreverán a juzgarlo como poesía fácil, e incluso he escuchado decir que todo mundo solo lo conoce por su obra poética. Pero para mi no es así.
El Hombre Que Aprendió A Ladrar fue mi primer acercamiento a Don Mario, y siempre estaré agradecido por ese pequeño cuento. Pues tanta sencilles, pero llena del calor humano, basta para dejar una huella que puede permanecer latente durante un tiempo indefinido de vida.
Quizás mucho piensen que su poesía es anticuada y cursi. Otros se atreverán a juzgarlo como poesía fácil, e incluso he escuchado decir que todo mundo solo lo conoce por su obra poética. Pero para mi no es así.
El Hombre Que Aprendió A Ladrar fue mi primer acercamiento a Don Mario, y siempre estaré agradecido por ese pequeño cuento. Pues tanta sencilles, pero llena del calor humano, basta para dejar una huella que puede permanecer latente durante un tiempo indefinido de vida.

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